martes, 29 de mayo de 2012

Oasis - Definitely Maybe



Aún recuerdo cuando me topé con los primeros singles de Oasis. Descubrir a la banda mancuniana a través de sus sencillos es una experiencia que puede marcar a cualquier adolescente. Desde luego, conmigo lo hizo. Recuerdo desentrañar las portadas de «Supersonic» (1994) o «Cigarettes & Alcohol» (1994) mientras de fondo sonaban temas quasi shoegaze como «Alive 8». Escucharlos una y otra vez y esperar a tener el siguiente CD entre manos. No, yo no viví el boom de Oasis en los noventa ni residía en Manchester. Yo los descubrí una década más tarde y los singles los iba sacando de mi biblioteca municipal. Pero para un adolescente sin internet, que no tenía más información de la banda que la mirada fija de Liam en la portada de «Supersonic» o la foto de colegas de borrachera que aparecía en la de «Cigarettes & Alcohol», el hallazgo fue muy valioso. Tampoco necesitaba mucha más información para calarlos que ese par de flashes y un puñado de canciones memorables. Y vaya si tenían de esto último.

Pero, ¿por qué unos tipos que no hacían más que añadir capas de distorsión a melodías sacadas del subsconciente de 30 años de pop inglés conseguían que sus canciones se enroscasen en el cerebro con tanta facilidad? Hay un componente de Oasis que facilita su entrada. Los primeros lanzamientos de Oasis son música concebida en el cuarto de un adolescente como Noel Gallagher para que otros adolescentes los escuchen. Definitely Maybe (y sus singles) son la mejor prueba de esto. Es música pensada en el aburrimiento de la habitación. En las horas muertas de uno de los barrios más grises de una ciudad ya gris de por sí como es el distrito de Burnage en Manchester. Tardes de tedio únicamente rescatadas por singles de The Jam, The Stone Roses y Bowie, escuchados una y otra vez desentrañando sus entresijos. Puedes imaginar a Noel tumbado, aburrido, palpando la pared de su cuarto y soñando junto a su hermano pequeño con ser estrellas de rock. Música de fans para fans, a fin de cuentas. En el caso de los Gallagher, el tabique que separaba los sueños de la realidad medía exactamente unos 50 minutos y once canciones. «Definitely Maybe» es el resultado de pensar un sueño en voz demasiado alta. Y con guitarras henchidas de distorsión.

Porque si algo destila el álbum es hambre. La voz de Liam conjuga desesperación y arrogancia, si es que es posible mezclar ambos sentimientos. Cada canción es atacada como si fuera la última a escuchar sobre la faz de la tierra. Probablemente, porque en el momento en que cada tema acababa de ser interpretado, el sueño se rompía y los Gallagher volvían a ser dos patanes de banlieu británica, sin otra expectativa de futuro que tener un trabajo gris, engullir litros de cerveza los fines de semana en pubs repletos de hooligans del Manchester City y devorar tabloides hechos para envolver pescado. Eso si no ingresaban en prisión antes, lo que en su caso era altamente probable viendo sus antecedentes penales. Cada acorde que repite Noel, cada nota que alarga Liam es un segundo más en el que ambos le ponen trampas al destino y escapan de una realidad asfixiante rodeada de violencia y mediocridad.

Esta garra tiñe todo el disco y le da un encanto especial. Porque, a pesar de su larga lista de referencias, Oasis consiguen en su álbum debut un sonido lleno de personalidad. A fin de cuentas «Definitely Maybe» es una baldosa más en un camino recorrido por The Stone Roses y Ride como bandas precedentes. Un cóctel de influencias del mejor rock inglés que conjuga sus últimos movimientos: desde el noise rock de Jesus And Mary Chains al glam rock de Slade aliñado con el punk de Sex Pistols y las melodías de The Beatles. Algo que crea un mejunje natural y refrescante, lleno de energía. Y que entrega once canciones (doce si incluimos la sublime «Sad Song») repletas de momentos memorables y emocionantes, de letras que aspiran a compartir la soledad de la habitación con noches etílicas de fiesta. Once disparos que apuntan al corazón del pathos adolescente y lo capturan con todas sus aristas.


Portada del single de Cigarettes And Alcohol (1994)

Así se suceden clásicos que cantan al hedonismo y a las ganas de escapar de una realidad que no se corresponde al deseo. El riff punk de «Supersonic» diluido en una atmósfera lisérgica inyectada en sangre. Ese trallazo tan infravalorado como es «Columbia», todo un clásico del noise-rock, con un solo y un estribillo con una capacidad adictiva nunca vista desde la metanfetamina. El crujiente riff de «Cigarettes And Alcohol», tocado como si nunca hubiese existido Marc Bolan, un tema memorable gracias a la apabullante actitud cockney de Liam. Pero no todo es rock y diversión en el álbum. La banda también se adentraba en medios tiempos como «Live Forever» o «Slide Away», precursoras de las baladas que supondrían su éxito por completo en «What's The Story Morning Glory?». «Live Forever» es una oda a la vida que suena aún más épica cuando piensas que viene de cuatro tipos que no tenían donde caerse muertos. Toda una respuesta generacional al pesimismo suicida de un Kurt Cobain inflado de éxito y balas. La emoción continúa a través de «Slide Away», el corte más conmovedor del disco gracias a la desgarradora toma vocal de Liam. Un estribillo repetido ad infinitum, como si así pudiera hacerse realidad y burlar el destino. Ese destino que está presente en la siguiente canción: «Married With Children», que representa el tedio y la mediocridad a la que se sabían predestinados entre las rejas de Burnage. Aquel del que lograron escapar.

Ahora la historia es bien conocida. Los Gallagher triunfaron y consiguieron huir de todo. Pero entonces nadie sabía nada. El disco continúa sin conocer lo que pasó después. Cuando lo reproduces, el grupo suena con la energía desesperada de los primeros años. Hay cosas que nunca cambian. Y ese grito lleno de diversión y grandes melodías quedó capturado para siempre.


Publicado por la Revista Spazz en su lista de 100 mejores discos de la Historia http://revistaspazz.com/especiales/musica/100discos/9081/definitely_maybe.html

viernes, 11 de mayo de 2012

Nick Cave And The Bad Seeds - No More Shall We Part (2001)



Enfrentarse al nuevo mileno dando un timonazo hacia el pasado es un movimiento arriesgado. Un giro hacia lo clásico. Hacia lo dramático. Nick Cave lo hizo y «No More Shall We Part» es una rara avis. Una flor cuya belleza aumenta a medida que se marchita. Que mira a través de la herida y explora el dolor de una forma hermosa, como hacían los poetas románticos a finales del siglo XIX. Hay algo de este espíritu aquí, entre ecos fantasmales y violines temblorosos que se despeñan por abismos. Amores trágicos y personajes torturados. Y pocas veces la caída fue tan dura y mereció la pena presenciarla como en «No More Shall We Part».

Cave se erige así en en perfecto embajador de este mundo, transfigurado en diversos caracteres con sentimientos similares. El espectáculo debe continuar y tiene multitud de personajes. La sombra del Bowie más desgarrador y angustiado parece sobrevolar en todo el disco. Pero Cave sabe cambiar de máscara en esta ópera de tenores tristes. Y los actos se suceden, llenos de pasión, violines y coros. La sangre trágica y púrpura corre de la mano del desasosiego que acompaña a Cave en «As I Sat Sadly By Her Side». O de la hermosa y triste «Fifteen Feet Of Pure White Snow». Pero hay momentos para evadirse de esta atmósfera opresiva. «Love Letter», enternecedora y digna de aparecer en el «Closing Time» de Tom Waits es un buen ejemplo de esto. El tortuoso viaje repleto de ánimas que es «Hallelujah» nos recuerda que no hay tregua. Y el piano repicante de la consciencia de «The Sorrowful Wife» vuelven a imbuirnos en el espíritu del disco. No es posible escapar.

El Cave más operístico está en «No More Shall We Part». Pianos y cuerdas. Sentimientos devastados. Decadencia. Desolación.

Belleza en su estado más frágil.



Publicado por la Revista Spazz en su lista de 100 mejores discos de la Historia http://revistaspazz.com/especiales/musica/100discos/9081/no_more_shall_we_part.html

viernes, 4 de mayo de 2012

El Ibex retrocede a marzo de 2009

El índice se hundió un 2,55% lastrado por los bancos, y la prima de riesgo repuntó hasta los 424 puntos




De Guindos, ayer en Bruselas, saludaba a su homólogo francés, Baroin, en un receso del Ecofin

Al igual que Bill Murray en «Atrapado en el tiempo», la economía española parece cautiva en un eterno bucle. Un día de la marmota que dura ya más de tres años y que nunca acaba en recuperación. Y en este «déjà vu» bursátil, el Ibex 35 volvió ayer a marcar números rojos al ceder un 2,55% y cerró en los 6.831 puntos, mínimo que no se veía desde marzo de 2009, punto álgido de la crisis financiera. Entonces el selectivo marcó 6.817 puntos. Pero a lo largo de la sesión de ayer, el índice se hundió a niveles propios de 2003. En lo que va de año, ya acumula una caída del 20,25%, la mayor entre las principales plazas internacionales.

Entre las razones del desplome se encuentra, de nuevo, la banca que encabezó las pérdidas del índice mientras los ministros de Economía de la Unión Europea debatían los nuevos requisitos de capital para el sector financiero. Así, Bankia lideró el vendaval de números rojos del selectivo madrileño con una caída del 5,13%, seguido de Repsol, que se ha dejado un 4,84%, Gamesa (4,48%), Popular (4,31%), Sabadell (4,15%), Bankinter (4,14%), Sacyr (3,97%), BBVA (3,33%) y Santander (3,31%). Por su parte, Red Eléctrica (REE) se desplomó un 2,23% tras el anuncio de expropiación de su filial en Bolivia. En el lado contrario, Abengoa repuntó un 7,19% tras renegociar su deuda bancaria. 

Malos datos económicos 
A pesar de que el selectivo moderó su caída, a lo largo de la sesión el índice madrileño llegó a flotar por debajo de los 6.800 puntos y alcanzó mínimos de marzo de 2003 por la apertura en números rojos de Wall Street. Los datos macroeconómicos tampoco ayudaron. En la eurozona aumentó el desempleo una décima en marzo, hasta el 10,9%. Y su PMI manufacturero cayó desde los 47,7 puntos de marzo hasta los 45,9 de abril. Las frías cifras disfrazan que por debajo de los 50 puntos el indicador industrial refleja recesión económica. El PMI español lideró la caída y en abril bajó hasta los 43,5 puntos. La única nota positiva fue la subida de la nota de Grecia hasta «CCC» por parte de la agencia de calificación Standard & Poor's. 

 La prima de riesgo también reflejó, un día más, la desconfianza de los mercados sobre la economía española y se disparó hasta los 424 puntos. La otra diana de los mercados fue Italia: el FTSE MIB se desplomó un 2,60% lastrado, también, por su sector bancario. Madrid y Milán fueron las excepciones entre las plazas europeas, que cerraron en plano. 

«El BCE debe calmar el pánico en los mercados», denuncia José Luis Martínez Campuzano, estratega de Citi en España, un día antes de la reunión del consejo del BCE en Barcelona. Ante la incertidumbre, los mercados esperan algún guiño del organismo de Fráncfort. Ayer se vieron cuáles eran las plazas más débiles. Y un día tras otro, el tiempo corre en forma de números rojos.

Publicado en ABC el 3 de mayo de 2012

martes, 1 de mayo de 2012

Dr. Feelgood riega Madrid de cerveza y rock



Rhythm & blues, cerveza y riffs al por mayor. Todo sazonado de una gran actitud. Poco importa lo demás. Dr. Feelgood tocó el miércoles por la noche en la Sala Caracol de Madrid y fue fiel al espíritu del grupo original, aquel que surgió en los 70 con directos llenos de actitud de pub inglés y blues, al más puro estilo de los posteriores Blues Brothers. Y salieron por la puerta grande.
Porque, al margen del nombre, poco queda de la banda que alcanzó el éxito en los setenta. Sin ninguno de los componentes originales, la banda de Wilko Johnson, con trabajos estupendos como el fresco «Down By The Jetty» (1975) o fabulosos directos como «Stupidity» (1976), se ha convertido en una marca bajo la cual se cobija un grupo en el que el miembro con más antigüedad es el batería, Kevin Morris, presente desde 1983.
Sin embargo, persiste la actitud que hizo grande a la formación, aquella que consistía en recuperar los orígenes del rock y del rhythm & blues para devolverlo al público de las pequeñas salas y los pub, lejos de las ambiciones del rock progresivo y de la dinosaurización de la escena. Esa pose se mantiene a través de gratificantes riffs de guitarra al calor de mugidos de armónica que perpetúan el repertorio de la banda. Los actuales componentes del grupo, Robert Kane, Steve Walwyn, Kevin Morris y P. H. Mitchell son buenos virtuosos, capaces de ganarse al público mediante pasión y buen hacer. Y ayer lo dejaron claro.

Barra libre de «blues»

De esta forma, sobre un público fiel de rockeros se volcaron clásicos y solos de puro Page. «Back In The Night» y «60 Minutes Of Your Love» mostraron el gran estado de forma de su guitarrista Steve Walwyn. El blues corría en las venas de una audiencia que saludaba con los vasos en alto y el grupo le correspondió con jams y ritmos hechos para mover los pies. Como «grand finale», la banda interpretó la enorme «Bonnie Moronie/Tequila», con guiños flamencos y un ritmo sureño de primera, que entusiasmó al respetable.
El espíritu de Dr. Feelgood continúa vivo. El miércoles por la noche una panda de puristas del rock repartieron riffs al por mayor para regocijo de los presentes. Pasar un buen rato sin mayores ambiciones fue su objetivo. A fin de cuentas, en el caso de Dr. Feelgood siempre se trató de eso.

viernes, 20 de abril de 2012

La voz de lija de Mark Lanegan encandila a Madrid



En los aledaños de Atocha, desde la noche del pasado domingo, se dejan sentir aullidos y ecos de una voz de ultratumba. Una voz labrada por cazalla y cigarros, en cuyos surcos se arrastran versos arrancados al corazón. Es difícil borrar la huella que dejó Mark Lanegan en su recital del domingo en el Teatro Kapital de Madrid. El norteamericano embrujó la ciudad y, con ella, al puñado de fieles que se congregaron para verle el domingo por la noche.
Y es que el directo es el gran bastión de este chamán con tono ronco y desgarrado. Como los buenos vinos, el status de artista de culto de Lanegan no ha hecho más que crecer con el tiempo. Pero desde sus primeros discos con Screaming Trees, la de Lanegan ha sido una carrera de colaboraciones. En primer lugar, la que hizo en ese supergrupo del grunge llamado Mad Season en los noventa. Colaboraciones que, en los últimos años, le llevaron a estar en Queens Of The Stone Age entre 2000 y 2005, a grabar un álbum con el componente de Afghan Twigs, Greg Dully, e incluso a sacar tres discos con la ex Belle & Sebastian, Isobel Campbell, el último en 2010.
Sin embargo, paralelamente, el estadounidense ha ido construyendo una sólida discografía en solitario que alcanzó su cenit en 2004, con el excelente «Bubblegum» (2004), grabado junto a amigos de la talla de PJ Harvey, Josh Homme o los ex Guns 'n' Roses, Izzy Stradlin y Duff McKagan. Se le echaba de menos desde entonces. Su último disco,«Blues Funeral» (2012), sin llegar a acercarse a los niveles de su última entrega, ha sido una grata sorpresa por el reencuentro que supone con el lúgubre «enfant terrible» en solitario, que en sus grabaciones con Campbell parecía enjaulado, como un león con las uñas limadas. Con «Blues Funeral» vuelven la garra y los mantras lisérgicos, ahora también sazonados con ligeros toques de electrónica.
El domingo, us incondicionales se dieron cita en Madrid para comprobar la salud del estadounidense en directo. Y no defraudó. Antes de Lanegan, los belgas Creature With The Atom Brain calentaron motores con una propuesta que bebía de las jam desérticas de Kyuss. Ritmos hipnóticos y guitarras remojadas en ácido atacaron al público en vaporosos temas de fragancia stoner, más propias de Mojave que de su Amberes natal. La mejor prueba de ello fue una ajustada «Transylvania», aplaudido broche final de un grupo cuyo recital fue más allá que el de unos teloneros promedio.
Con el auditorio caldeado, Mark Lanegan salió a escena junto a su banda, una cuadrilla de fieles compadres capaces de rockear sin complejos o de adornar sutilmente la voz raspada y auténtica del estadounidense. Comenzó con la primera canción de su último disco, la potente «The Gravedigger's Song». Y entonces comenzó un ritual que tuvo como protagonista la arrastrada voz del estadounidense, que surge de las catacumbas y que se enroscó a la audiencia para no soltarla hasta hora y media más tarde. «Hit The City» comenzó un abordaje de clásicos compuesto por «Wedding Dress», el rugido de «One Way Street» o el lamento de «Resurrection Song».

Lúgubre «enfant terrible»

La distorsión se deslizaba por los surcos de la garganta de Lanegan, bien respaldada por una banda crujiente y ajustada. Así, temas de su último disco como las afiladas «Quiver Syndrome» o «Riot In My House» pasaron con nota la prueba del directo. El cantante norteamericano tuvo tiempo de recordar sus correrías grunge con Screaming Trees en una intensa «Crawlspace» o a versionar a Leaving Trains en una íntima «Creeping Coastline Of Lights». Pero el gran punto alto fue el lamento de animal herido de «One Hundred Days». Un «Thinking of you...» aullado por toda la audiencia y marcado a navaja en el pathos colectivo.
El concierto solo se vio ensombrecido por un sonido deficiente, que en ocasiones enterró la voz de Lanegan. Los ecos del recital aún resuenan humeantes en las calles de Madrid. Mark Lanegan es todo un veterano, de los que no se mueven en el escenario salvo para mirarte de reojo con cara de pocos amigos. Perro viejo de colmillo afilado, sabe que su voz le basta para ganarse a un auditorio. Esa voz desnuda y sentida, que se retuerce tal y como lo haría el mejor Tom Waits.

http://www.abc.es/20120402/cultura-musica/abci-mark-lanegan-madrid-concierto-201204021401.html

lunes, 5 de marzo de 2012

Sabbath musicales (IX parte): The Replacements, instantánea de una edad incierta



Sixteen Blue
Álbum: Let It Be Año: 1984

Try to figure out, they wonder what next you'll pull
You don't understand anything sexual
I don't understand
Tell my friends I'm doing fine

Cada artista tiene su propia musa. Y ésta no tiene porque ser una mujer, puede ser una temática. O una edad. The Replacements, en todas sus fases, siempre tuvieron claro hacia quién se dirigían: desde sus temas rabiosos de minuto y medio y ritmos hechos para el pogo hasta los números pop de los que después serían expertos, todos ellos tenían a la adolescencia como el centro de su universo. Paul Westerberg ya había dado muestras de una especial sensibilidad para capturar las inquietudes de la edad en los dos primeros trabajos de la banda, con letras como la de «Johnny's Gonna Die» enterrada entre las sacudidas punk de «Sorry Ma Forgot To Take Out The Trash» (1981). Pero fue en «Let It Be» (1984) donde esta fijación se tornó decisiva y las letras comenzaron a incidir con más fuerza en el alma adolescente, al más puro estilo de Townshend en la primera época de The Who o tal y como las mejores bandas de power-pop supieron hacer.

«Sixteen Blue» es uno de los mejores ejemplos de esto. Aquí el centro del tema son las dudas típicas de la adolescencia. La incertidumbre que rodea todos los aspectos de la vida, incluido el sexual, en un momento de confusión y aislamiento. De incomprensión mutua con el mundo que transciende el arquetípico sentimiento adolescente eternamente parodiado y logra emocionar. La música lo cubre todo de un aura nostálgica, en un estilo que parece retrotraer a otra década, con guitarras sutiles que aparecen y se van. Westerberg dibuja con precisión e intensidad el escenario, dejando líneas para la memoria que interpelan directamente al oyente mientras el grupo llena de sofisticación el paisaje. Pero la energía, la pasión tan propia de The Replacements sigue latente, y se manifiesta a través de la desgarrada interpretación de Westerberg o de esa guitarra de Stinson que aparece de la nada al final mientras todo se desvanece. La belleza de «Sixteen Blue» es la mejor prueba de que The Replacements supieron retratar las inquietudes de la edad como pocos, sin caer en tópicos ni sonar pusilánimes. Nada fácil.

sábado, 18 de febrero de 2012

Art Spiegelman: de «Maus» hasta el 11-S


En 1980, el artista norteamericano Art Spiegelman (Estocolmo, 1948) fundó junto a su mujer Françoise Mouly la revista vanguardista «Raw». Y durante seis años relató la experiencia de su padre durante la II Guerra Mundial y cómo fue perseguido por el régimen nazi por ser judío. Lo hizo a través del cómic y posteriorimente lo recopiló en dos tomos bajo el nombre de «Maus». En 1992 ganó el único Premio Pulitzer concedido hasta ahora a una novela gráfica. El libro no es un retrato al uso de un superviviente, sino que Spiegelman nos invita a asistir al proceso creativo de la obra. Y lo más impactante, a la relación padre-hijo, llena de contradicciones y complejidad: Art no soporta a su padre, el héroe que supo sobrevivir al Holocausto y que ahora es un anciano entrañable pero fácilmente irritable y lleno de manías. Es este detalle el que hace de «Maus» un trabajo aún más rico y real. No hay maniqueísmos en «Maus» ni relaciones fáciles. Porque en la vida real, nunca lo son.

Después de la publicación de esta fabulosa novela gráfica, Spiegelman fue portadista y director adjunto de la revista «The New Yorker». Algunos de sus trabajos son los siguientes:


«Valentine’s Day» por Art Spiegelman. «The New Yorker», 15 de febrero de 1993


Por Art Spiegelman, «The New Yorker», 16 de febrero de 1998


The Plastic Arts por Art Spiegelman. «The New Yorker», 17 de abril de 1999


«Do The Bottom Falling Out, Dear?» by Art Spiegelman, April 23, 2001.


Esta colaboración entre «The New Yorker» y Spiegelman se interrumpió después de la célebre portada de la revista tras los atentados del 11-S, diseñada junto a su esposa, la editora gráfica de «The New Yorker», Françoise Mouly. Tal y como describe aquí la propia Mouly, la portada se diseñó en base a dos ideas: la primera opción iba a ser sacar una imagen en negro absoluto. Entonces Spiegelman sugirió añadir el perfil de las dos torres.



«9/11/2001» por Art Spiegelman y Françoise Mouly, 24 de septiembre de 2001


La portada fue elegida como una de las 10 mejores de los últimos 40 años de la publicación por la American Society of Magazine Editors. Diez años después de los ataques al World Trade Center, la artista española Ana Juan, premio nacional de Ilustración en 2010 y también colaboradora de «The New Yorker», diseñó ésta:


por Ana Juan. «The New Yorker», 12 de septiembre de 2011


En esta entrada de Françoise Mouly, puedes ver otras portadas de la revista publicadas en homenaje al 11 de septiembre.